La brisa
El viento se arremolino en
sus pies mientras el joven miraba hacia el vacío. Estaba parado en la cornisa
de un edificio mirando a la ciudad. Siempre había admirado la belleza de la
urbe desde el edificio más alto de la misma, pero nunca se había atrevido a
subirse a la cornisa… hasta hoy.
Pudo sentir como el viento
que corría por ahí se concentraba en sus piernas y luego seguía su camino. El
joven sintió un impulso inexplicable y dio un paso hacia la nada; cerró sus
ojos, estiro la pierna y piso con firmeza, como si supiera que había suelo. El
joven apretó las mandíbulas y los ojos esperando lo peor, pero nada pasó. Abrió
los ojos y vio como su pie estaba afirmado al aire mismo.
No lo podía creer. Hizo
fuerza, zapateo. Nada pasó, podía afirmarse como si se tratara de una placa de
cristal tan pulida y limpia que parecía no existir.
Sin pensarlo dos veces dio
otro paso y se vio parado en el aire. Sintió una increíble confianza, tanta que
antes de gatear corrió. Corrió, corrió y corrió metros y metros, esquivando
antenas de edificios sintiéndose sumamente libre.
Luego de estar unos minutos
recostado en la nada alternando mirar al cielo y al suelo, donde los autos se
veían como pequeños insectos de colores diversos y divertidos, el joven comenzó
a pensar que si podía caminar, seguramente también podría volar.
Se afirmo al suelo y saltó
con todas sus fuerzas, pero no hizo más que saltar unos cuantos centímetros y
caerse en el mismo lugar.
El joven no se rindió, corrió
unos metros y salto hacía adelante, con ambos brazos extendidos, pero no logró
nada más que caer y desplomarse en el aire.
Estuvo varios minutos
intentándolo, pero decepcionado volvió al edificio donde había empezado su
travesía y bajo por las escaleras.
Una vez en tierra, una brisa
paso por entre sus piernas y se perdió en el aire.
En el viento podía escucharse
un eco que decía: Que tristeza. Uno les da la posibilidad a los humanos de ser
libres, y ellos se encierran en sus mentes.