18 dic 2012

Ignem Feram

El siguiente cuento es una especie de introducción a algo mas largo. Si les gusta el estilo, la historia... o como escribo, comenten así se si seguir publicando la historia.

Ignem Feram



Mientras el joven caminaba por las callejuelas vacías, olvidadas por la civilización, las gotas de lluvia caían ametrallando el piso con el dulce sonido que producen la infinita cantidad de lagrimas de cielo cayendo y estrellándose contra el pavimento, humedeciéndolo y acumulándose sobre el mismo, generando así charcos que sirven de cama para las gotas venideras. El muchacho estaba solo, únicamente acompañado por su alma y los latidos de su corazón. A medida que avanzaba por el camino, con rumbo incierto, y caminar pesado, podía verse como las gotas al rozar las partes de su cuerpo que no estaban cubiertas por su vestimenta, se evaporaban al instante de tocarlo, creando alrededor del caminante una especie de aura blanquecina que le daba una apariencia espectral.
El silencio de la noche se vio interrumpido por una enorme carcajada que dejó a quienes la escucharon helados. Segundos más tarde se pudo oír una enorme explosión y las sirenas de bomberos y  policía en su carrera contra el tiempo para cercar la zona, salvar victimas y  apagar el incendio.
“Una persona, joven… de entre veinte y treinta años se paró frente al edificio y después de reírse como un loco, hizo que el edificio estalle en llamas. Podría jurar que el fuego que desató el incendio  salió de sus manos, pero eso es imposible” afirmó un testigo a las cámaras de televisión y miro al cielo tratando de encontrar dibujado en las nubes el secreto de la masacre de la noche anterior. Mientras tanto, un joven llamado Milo se paseaba por las calles portando una sonrisa de oreja a oreja. El muchacho caminaba por entre las personas que se volteaban a ver su extraño atuendo: Un chaleco negro que le llegaba hasta los tobillos, abierto de manera tal que su torso desnudo quedaba descubierto. Un pantalón negro y ajustado. Un par de botas negras y altas hasta las rodillas. Y su cabeza la recubría una capucha negra, proveniente del chaleco, que solo permitía ver la sonrisa del joven. Mientras la persona ataviada en negro se paseaba por las calles la gente no podía evitar voltear su cabeza para verlo pasar y preguntarse “¿Quién puede llevar tan poca ropa en invierno?”.
Después de transitar varias cuadras, el muchacho se detuvo en seco, giro sobre sus talones e ingresó en un banco. “Señor descúbrase la cara por favor” dijo el guardia de seguridad del banco mientras el muchacho pasaba por su lado. “Dije que se descubra la cara. Si no lo hace voy a tener que pedirle que se retire”. Mientras el guardia hablaba, el joven retrocedió sobre sus pasos y se paro al lado del guardia de seguridad. “¿Qué fue lo que dijiste? No pude escucharte por el quilombo que hay acá adentro” dijo el muchacho mientras giraba lentamente su cuello en dirección al guardia. “Que, que…” balbuceo el guardia “¿Qué?” grito el joven mientras tomaba al guardia por el cuello. “Por si no se dieron cuenta ya, esto es un robo. Todos al piso, los cajeros a poner plata en esta bolsa” dijo y lanzo un bolso en dirección a los cajeros. “Vos mientras tanto… dale calor a la gente que tiene frió” dijo el muchacho y miro al guardia mientras su cara comenzaba transpirar. Segundos más tarde una llama se genero en la muñeca del muchacho y comenzó a avanzar en dirección a quien sujetaba por el cuello, consumiendo por completo la mano del joven y haciéndose paso por el cuello del hombre. “Acá tienen una estufa natural” grito el maleante y lanzo el cuerpo en llamas del guardia de seguridad que se estrello contra el suelo. El olor a carne cocida, a ropa quemada y a pelo derretido era nauseabundo, muchos de los allí presentes comenzaron a gritar en un estado de histeria generalizado. Otros tantos lloraban en silencio mientras le rogaban al cielo que no fueran los próximos en estallar en llamas. “¿Ya terminaron? Pero que lentos que son, ¡por dios!” exclamo el joven mientras se acercaba a los cajeros y de mala gana tomaba el bolso repleto de billetes. “Muchas gracias a todos. Fue un placer robarles hoy. Nos veremos” y al decir esto, el joven, lanzó una bola de fuego al piso que estallo generando una nube de humo que uso para escapar.

23 abr 2012

El poder de la mujer


El poder de la mujer:

7:00 a.m. sonó el despertador con su estridente y enfermiza melodía, anunciando que ya era hora de levantarme de mi cama y comenzar con mi monótona y aburrida vida diaria.
Con pesadumbre alcé mi mano de su letargo y toscamente la aproxime al reloj y la deje caer silenciándolo de una vez.
Levante mi torso de su estado de letargo y me senté en la cama meditando lo que iba a ser mi día. Bostecé y me estire tratando de ahuyentar los últimos vestigios de sueño de mi cuerpo.
Posé mis pies descalzos sobre la fría superficie del piso de mi cuarto. Y un escalofrió recorrió mi cuerpo, desde la base de mi espalda hasta mi cuello.
Ayudado por esa sensación horrible, que me hacia sentir vivo ya que mi vida era un sinsabor, logré levantar mi cuerpo de la cama, di un paso y otro para poder poner en marcha a mi cuerpo, pero de mas esta decir que fue en vano.
Estiré mi brazo, tome la canilla del agua fría y le di vueltas para darle paso a su caída hacia mi cuerpo. Luego tome la del agua caliente, y repetí la acción para adecuar la temperatura del agua a mi cuerpo. La sensación de sentir el agua helada recorrer mi cuerpo estremeció cada milímetro de mi piel y tenso cada músculo de mi cuerpo, haciendo que cada terminación nerviosa de un envié destellos eléctricos de frío e incluso dolor a cada punto de mi cuerpo. Cuando ambas corrientes se encontraron en la cañería y la temperatura fue adecuada a la fría mañana de invierno que estábamos viviendo los argentinos mi cuerpo se calmo, y logro iniciar el lento proceso de comenzar a vivir el largo día rutinario y aburrido.
Camisa blanca, jean azul oscuro, corbata negra, sweater negro escote en V, medias de vestir y zapatos negro. La misma combinación monocromática y aburrida todos los días, sin variar nada, ni los colores, ni las combinaciones. Todos los días era verme en el espejo uniformado, con mi cara demacrada por el estrés y el cansancio.
Tres cucharadas de café, dos de azúcar, agua hirviendo hasta los ¾ y medio de la taza y luego un toque de leche, y tres tostadas con manteca eran mi desayuno todos los días, y ese día no fue diferente.
Tomé lo único personal que usaba cada día, un saco gris largo hasta las rodillas, y me dispuse a salir de mi pequeño mundo personal hacia las furiosas y selváticas calles de la sociedad metropolitana de Buenos Aires.
Caos de transito, siempre lo mismo, embotellamientos, choques, nunca cambia. Llegar al edificio donde trabajo era una proeza de todos los días. Siempre leía sobre los choques, pero nunca fui protagonista de uno, por suerte o desgracia.
Cerré la puerta del auto con un golpe seco pero no muy fuerte y puse el seguro, gire las llaves en mi dedo índice y las guarde en mi bolsillo derecho, como todas las mañanas.
Saludé a los recepcionistas y subí al piso que era mi prisión durante ocho largas horas intervenidas por 30 minutos para almorzar, ese era el momento en el que dejaba mi cubículo carcelario y comía un sándwich insípido del buffet.
Todos mis compañeros estaban esperando que llegase el jefe para saltar a sus pequeñas porciones de cárcel a fingir que trabajan para ganarse una miseria que apenas sirve para pagar todo lo que pagamos y comer medianamente bien todos los días del mes. Saludo con la mano y la vista fija en el piso a todos los que alzan las manos hipócritamente y expulsan de sus bocas falsas preguntas que son rutinarias en la charla humana. Todos me saludan como si fuera una celebridad menos Clara, una compañera que en toda la sinceridad del mundo le importo un bledo.
8 infinitas horas después de teclear una computadora lenta y obsoleta, haciendo lo mismo día tras día sin modificarlo ni un poco logro conseguir la absolución de mi condena, es decir puedo regresar a mi casa.
Toco el frió botón del ascensor que además de la computadora es la única cosa que me responde sin poner mala cara. Luego de unos minutos llega mi transporte prismático de metal. Sus puertas se abren con falsa hospitalidad y me deja ocupar su ínfimo espacio por lo que dura mi corto recorrido que va del piso ocho a la planta baja. Cuando las puertas se estaban por cerrar y mi viaje a casa apunto de abrirse, una mano trabo el mecanismo e hizo que se reabrieran las hipócritas y espejadas puertas de la maquina transportadora. Entro a mi subibaja cunicular nada más y nada menos que Clara, mi cruel aunque sincera compañera.
Tres pisos más abajo el ascensor se freno estrepitosamente y la única luz que nos alumbraba se apago.
Clara tardo unos segundos en acercarse a mí, luego tomo mi mano y la sujeto con fuerza entre las suyas con firmeza. La mire por sobre mi hombro, y no le di mucha importancia, el miedo hace que la gente haga cosas raras. Poso su cabeza sobre mi hombro y se quedo en esa posición. Sentía en mi brazo y a través de toda la ropa que tenía su temblor por el miedo. Se mantuvo en silencio un largo rato hasta que lo rompió diciendo entre dientes y casi en un susurro “Te amo”. Milagrosamente después de eso el ascensor hizo un fuerte ruido y reinicio su bajada.
Cuando salimos del ascensor estaba lloviendo torrencialmente. La acompañé a la puerta y como no tenía auto me ofrecí a llevarla a su casa.
Cuando llegamos a mi auto ella rompió una vez más el silencio con las mismas palabras y en el mismo tono y de la misma manera.
Una vez dentro de mi auto, y sin que le pregunto me explico el porque de su amor hacia mi, lo cual era la razón de que nunca me saludara.
La charla en el auto fue muy amena, tan amena que los 20 minutos de viaje parecieron 2.
Llegamos a su edificio, y me invito eufóricamente a que entrase a su casa. Acepté educadamente y seguí sus instrucciones para dejar el auto. Caminamos por el garaje hasta las escaleras para ascender a su piso, Clara no quería pisar más ningún ascensor en su vida. Era el 11 y estábamos en el segundo subsuelo. 10 minutos después y habiendo pisado el ultimo peldaño llegamos a la puerta de su piso. Me abrió la puerta y me invito a pasar con una autentica sonrisa de nervios y alegría.
Abrió una botella de vino y me cocino la comida más rica que jamás había comido. Después de cenar y con un café caliente entre las manos nos sentamos en su sillón a hablar de la vida. Lentamente ella se fue acercando a mí, y cuando estuvo a mi lado me miro a los ojos y estiro su cuello para poder posar sus suaves y calidos labios sobre los míos.
6:50 a.m. de la mañana, suena el despertador. Doy un brinco lo desconecto, corro a la cocina y pongo el agua para el desayuno. Lo preparo con delicadeza y prisa al mismo tiempo, lo preparo en una bandeja y la dejo de mi lado de la cama. Despierto a mi novia con un suave y calido beso en la mejilla y le presento su desayuno en la cama. Luego de desayunar juntos me bañé.
Llegue al trabajo, el clima estaba hermoso y el transito súper fluido. Dejé mi auto en la cochera del edificio y subí con ella por la escalera del mismo. La deje en el piso 7 y tome el ascensor. Llego a mi lugar de trabajo y saludo a todos mis compañeros menos a Clara, porque no debemos dejar que se note nuestro amor, en el trabajo no permiten relaciones entre compañeros.