El poder de la mujer:
7:00 a.m. sonó el despertador
con su estridente y enfermiza melodía, anunciando que ya era hora de levantarme
de mi cama y comenzar con mi monótona y aburrida vida diaria.
Con pesadumbre alcé mi mano
de su letargo y toscamente la aproxime al reloj y la deje caer silenciándolo de
una vez.
Levante mi torso de su estado
de letargo y me senté en la cama meditando lo que iba a ser mi día. Bostecé y
me estire tratando de ahuyentar los últimos vestigios de sueño de mi cuerpo.
Posé mis pies descalzos sobre
la fría superficie del piso de mi cuarto. Y un escalofrió recorrió mi cuerpo,
desde la base de mi espalda hasta mi cuello.
Ayudado por esa sensación
horrible, que me hacia sentir vivo ya que mi vida era un sinsabor, logré
levantar mi cuerpo de la cama, di un paso y otro para poder poner en marcha a
mi cuerpo, pero de mas esta decir que fue en vano.
Estiré mi brazo, tome la
canilla del agua fría y le di vueltas para darle paso a su caída hacia mi
cuerpo. Luego tome la del agua caliente, y repetí la acción para adecuar la
temperatura del agua a mi cuerpo. La sensación de sentir el agua helada
recorrer mi cuerpo estremeció cada milímetro de mi piel y tenso cada músculo de
mi cuerpo, haciendo que cada terminación nerviosa de un envié destellos eléctricos
de frío e incluso dolor a cada punto de mi cuerpo. Cuando ambas corrientes se
encontraron en la cañería y la temperatura fue adecuada a la fría mañana de invierno
que estábamos viviendo los argentinos mi cuerpo se calmo, y logro iniciar el
lento proceso de comenzar a vivir el largo día rutinario y aburrido.
Camisa blanca, jean azul
oscuro, corbata negra, sweater negro escote en V, medias de vestir y zapatos
negro. La misma combinación monocromática y aburrida todos los días, sin variar
nada, ni los colores, ni las combinaciones. Todos los días era verme en el
espejo uniformado, con mi cara demacrada por el estrés y el cansancio.
Tres cucharadas de café, dos
de azúcar, agua hirviendo hasta los ¾ y medio de la taza y luego un toque de
leche, y tres tostadas con manteca eran mi desayuno todos los días, y ese día
no fue diferente.
Tomé lo único personal que
usaba cada día, un saco gris largo hasta las rodillas, y me dispuse a salir de
mi pequeño mundo personal hacia las furiosas y selváticas calles de la sociedad
metropolitana de Buenos Aires.
Caos de transito, siempre lo
mismo, embotellamientos, choques, nunca cambia. Llegar al edificio donde
trabajo era una proeza de todos los días. Siempre leía sobre los choques, pero
nunca fui protagonista de uno, por suerte o desgracia.
Cerré la puerta del auto con
un golpe seco pero no muy fuerte y puse el seguro, gire las llaves en mi dedo
índice y las guarde en mi bolsillo derecho, como todas las mañanas.
Saludé a los recepcionistas y
subí al piso que era mi prisión durante ocho largas horas intervenidas por 30
minutos para almorzar, ese era el momento en el que dejaba mi cubículo
carcelario y comía un sándwich insípido del buffet.
Todos mis compañeros estaban
esperando que llegase el jefe para saltar a sus pequeñas porciones de cárcel a
fingir que trabajan para ganarse una miseria que apenas sirve para pagar todo
lo que pagamos y comer medianamente bien todos los días del mes. Saludo con la
mano y la vista fija en el piso a todos los que alzan las manos hipócritamente
y expulsan de sus bocas falsas preguntas que son rutinarias en la charla
humana. Todos me saludan como si fuera una celebridad menos Clara, una
compañera que en toda la sinceridad del mundo le importo un bledo.
8 infinitas horas después de
teclear una computadora lenta y obsoleta, haciendo lo mismo día tras día sin
modificarlo ni un poco logro conseguir la absolución de mi condena, es decir
puedo regresar a mi casa.
Toco el frió botón del
ascensor que además de la computadora es la única cosa que me responde sin
poner mala cara. Luego de unos minutos llega mi transporte prismático de metal.
Sus puertas se abren con falsa hospitalidad y me deja ocupar su ínfimo espacio
por lo que dura mi corto recorrido que va del piso ocho a la planta baja.
Cuando las puertas se estaban por cerrar y mi viaje a casa apunto de abrirse,
una mano trabo el mecanismo e hizo que se reabrieran las hipócritas y espejadas
puertas de la maquina transportadora. Entro a mi subibaja cunicular nada más y
nada menos que Clara, mi cruel aunque sincera compañera.
Tres pisos más abajo el
ascensor se freno estrepitosamente y la única luz que nos alumbraba se apago.
Clara tardo unos segundos en
acercarse a mí, luego tomo mi mano y la sujeto con fuerza entre las suyas con
firmeza. La mire por sobre mi hombro, y no le di mucha importancia, el miedo
hace que la gente haga cosas raras. Poso su cabeza sobre mi hombro y se quedo
en esa posición. Sentía en mi brazo y a través de toda la ropa que tenía su
temblor por el miedo. Se mantuvo en silencio un largo rato hasta que lo rompió
diciendo entre dientes y casi en un susurro “Te amo”. Milagrosamente después de
eso el ascensor hizo un fuerte ruido y reinicio su bajada.
Cuando salimos del ascensor
estaba lloviendo torrencialmente. La acompañé a la puerta y como no tenía auto
me ofrecí a llevarla a su casa.
Cuando llegamos a mi auto
ella rompió una vez más el silencio con las mismas palabras y en el mismo tono
y de la misma manera.
Una vez dentro de mi auto, y
sin que le pregunto me explico el porque de su amor hacia mi, lo cual era la
razón de que nunca me saludara.
La charla en el auto fue muy
amena, tan amena que los 20 minutos de viaje parecieron 2.
Llegamos a su edificio, y me
invito eufóricamente a que entrase a su casa. Acepté educadamente y seguí sus instrucciones
para dejar el auto. Caminamos por el garaje hasta las escaleras para ascender a
su piso, Clara no quería pisar más ningún ascensor en su vida. Era el 11 y
estábamos en el segundo subsuelo. 10 minutos después y habiendo pisado el
ultimo peldaño llegamos a la puerta de su piso. Me abrió la puerta y me invito
a pasar con una autentica sonrisa de nervios y alegría.
Abrió una botella de vino y
me cocino la comida más rica que jamás había comido. Después de cenar y con un
café caliente entre las manos nos sentamos en su sillón a hablar de la vida.
Lentamente ella se fue acercando a mí, y cuando estuvo a mi lado me miro a los
ojos y estiro su cuello para poder posar sus suaves y calidos labios sobre los
míos.
6:50 a.m. de la mañana, suena
el despertador. Doy un brinco lo desconecto, corro a la cocina y pongo el agua
para el desayuno. Lo preparo con delicadeza y prisa al mismo tiempo, lo preparo
en una bandeja y la dejo de mi lado de la cama. Despierto a mi novia con un
suave y calido beso en la mejilla y le presento su desayuno en la cama. Luego
de desayunar juntos me bañé.
Llegue al trabajo, el clima
estaba hermoso y el transito súper fluido. Dejé mi auto en la cochera del
edificio y subí con ella por la escalera del mismo. La deje en el piso 7 y tome
el ascensor. Llego a mi lugar de trabajo y saludo a todos mis compañeros menos
a Clara, porque no debemos dejar que se note nuestro amor, en el trabajo no
permiten relaciones entre compañeros.