7 jul 2011

La triste travecía de un alma olvidada


La triste travesía de un alma olvidada



Detrás de las ventanas llovía, mientras caminaba por las oscuras calles bajo la luz de la luna. Los truenos cortaban el silencio ensordecedor, mientras que un furtivo haz de luz irrumpía en la oscura escena nocturna.
Ese día había decidido fugarme de mi casa, para hallar un lugar mejor. Había decidido caminar durante horas, hasta alejarme de aquel lugar que se empeñaba en poco a poco eliminar mis ataduras, a lo que la gente llama cordura. Pensaba comenzar un viaje sin retorno hacía los confines de la laberíntica ciudad, a la que llamo “hogar”, y de la que nunca logre escapar.
Había planeado este viaje desde que supe que esa ciudad no tenía lo que yo buscaba. Arme mi bolso ese mismo día, guarde en el cada recuerdo de mi querida ciudad, de mis amigos y familiares, a los que nunca volvería a ver, y guarde mis penas y dolores. Iba ligero de ropa, solo lo que llevaba puesto
Mientras caminaba por las oscuras calles, bajo la luz de la luna, podía reconocer ciertos rostros con los que cruzaba miradas. La extraña gente que poblaba las calles iba en una constante procesión al centro de la ciudad, donde estaba mi casa, de donde yo quería escapar. La gente caminaba y avanzaba con paso certero, y no se hacía a un lado para dejarme pasar, muchas personas me chocaban e insultaban, haciéndome trastabillar. Caí cuatro veces de bruces en el suelo, y nadie se apiado de mi y trato de levantarme, nadie lograba ver la gran mochila en mi espala, aunque eso era claro, ya que no había tal mochila, lo que generaba presión en mi espalda y hombros eran mis penas y dolores sentimentales, mis tristezas y enojos.
Estuve caminando toda la noche mientras las multitudes me impedían el paso, haciendo más agotador mi viaje. La mañana me halló sentado bajo un árbol, descansando mis piernas y mis parpados, ya que al anochecer debía proseguir mi camino. Las multitudes nunca dejaron de pasar por mis lados, pero nadie se fijaba en la triste figura que yacía bajo la sombra de aquel solitario árbol.
La noche se presento completamente nublada, y la que había sido mi guía durante la noche anterior no se presento a su cita conmigo. Tuve que andar sin rumbo cierto hasta que se despejara el cielo, o hasta que el amo y señor de la mañana comenzara su reinado sobre la turbulenta ciudad que habitaba, y de la cual quería huir.
La luna volvió a alzarse triunfante, sobre las tinieblas que cubrían la ciudad, y me dijo el camino que debía seguir, y aunque estuve andando sin su guía, no me había desviado mucho, solo lo suficiente como para retrasar el viaje dos, o tres días mas.
Camine durante tres días, siguiendo la misma rutina. Y cuando creía que la monotonía era una verdad, dos personas participes de la incesante procesión, se postraron delante de mí, cortándome el paso con una mueca entre alegre y triste. Trate de rodearlas, pero siempre lograban sobreponerse a mis movimientos. Después de unos largos minutos, pronunciaron dos palabras que lograron tumbarme, como si alguien me hubiera golpeado la boca del estomago. “Te amamos” dijeron. El cielo que hasta ese momento era negro, se torno de un color celeste brillante, y el amo y señor del día comenzó a hacerse notar. Mire mi reloj en busca de un algo que me hiciera saber que aun era de noche, y que eso era producto de mi imaginación. Las cuatro a.m. marcaba mi reloj de pulsera. Mis ojos no sabían a quien creerle, si al cielo, o a mi reloj. Luego de pronunciar esas palabras, ambas personas se pararon formando una “X” cada una mientras recitaban versos que no lograba interpretar. Estuvieron un rato en esa posición pérdidas en sus pensamientos, hasta que al unísono pronunciaron otra frase que desarmo mí mas fuerte defensa. “¿Ya no nos amas? ¿Te olvidaste de quienes somos?”. Sus rostros mostraban una mueca de decepción y tristeza como jamás había visto una. Después de secarme las lágrimas que habían hecho correr por mis mejillas logre ponerme de pie, y trate de abrirme paso entre sus cuerpos,  pero me sujetaron entre sus brazos, en una especie de abrazo, mientras repetían los versos indescifrables. Cuando logre zafarme, mire lo que antes eran rostros que desconocía, para entender que eran dos personas que habían marcado mi vida, pero que por razones personales había dejado atrás. Cuando termine de recordar quienes eran ya habían desaparecido, y pude proseguir mi travesía. Mientras caminaba recordaba momentos con una y otra de las personas, y me culpaba por haber hecho lo que hice en su momento.
Mi viaje continúo sin ninguna situación como la de las sombras de mi pasado.
Cuando llegue a las puertas de la ciudad, con la ropa completamente destruida, el pelo desordenado, los ojos rojos de los llantos, las manos sangrantes por las caídas, el corazón destrozado por la tristeza, los pies adoloridos de tanto andar, las rodillas hechas añicos de tanto levantarme después de cada caída, y mi espalda y hombros llagados y adormecidos por el peso de mi mochila. Logre entender que mi viaje había sido en vano, que cuando esas personas se pararon delante de mí debía aferrarme a ellas, y avanzar junto con ellas, hacia donde quería, pero con su compañía. Entendí que las personas en procesión trataban de preocuparse por mí, pero yo no les había estirado la mano. Entendí que cada golpe y empujón, eran las formas que tenían estas personas para decirme lo que necesitaba escuchar, pero a lo que hacía oídos sordos.
Las puertas se abrieron de par en par, y una luz rodeo mi cintura. Un escalofrió de terror recorrió mi espina. Trate de darme vuelta para huir de lo que se acercaba, pero era demasiado tarde,  y la luz se trago los restos de lo que había sido mi cuerpo. Mientras que mi alma, adormecida por la supuesta paz, decendia lentamente al olvido

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