23 abr 2012

El poder de la mujer


El poder de la mujer:

7:00 a.m. sonó el despertador con su estridente y enfermiza melodía, anunciando que ya era hora de levantarme de mi cama y comenzar con mi monótona y aburrida vida diaria.
Con pesadumbre alcé mi mano de su letargo y toscamente la aproxime al reloj y la deje caer silenciándolo de una vez.
Levante mi torso de su estado de letargo y me senté en la cama meditando lo que iba a ser mi día. Bostecé y me estire tratando de ahuyentar los últimos vestigios de sueño de mi cuerpo.
Posé mis pies descalzos sobre la fría superficie del piso de mi cuarto. Y un escalofrió recorrió mi cuerpo, desde la base de mi espalda hasta mi cuello.
Ayudado por esa sensación horrible, que me hacia sentir vivo ya que mi vida era un sinsabor, logré levantar mi cuerpo de la cama, di un paso y otro para poder poner en marcha a mi cuerpo, pero de mas esta decir que fue en vano.
Estiré mi brazo, tome la canilla del agua fría y le di vueltas para darle paso a su caída hacia mi cuerpo. Luego tome la del agua caliente, y repetí la acción para adecuar la temperatura del agua a mi cuerpo. La sensación de sentir el agua helada recorrer mi cuerpo estremeció cada milímetro de mi piel y tenso cada músculo de mi cuerpo, haciendo que cada terminación nerviosa de un envié destellos eléctricos de frío e incluso dolor a cada punto de mi cuerpo. Cuando ambas corrientes se encontraron en la cañería y la temperatura fue adecuada a la fría mañana de invierno que estábamos viviendo los argentinos mi cuerpo se calmo, y logro iniciar el lento proceso de comenzar a vivir el largo día rutinario y aburrido.
Camisa blanca, jean azul oscuro, corbata negra, sweater negro escote en V, medias de vestir y zapatos negro. La misma combinación monocromática y aburrida todos los días, sin variar nada, ni los colores, ni las combinaciones. Todos los días era verme en el espejo uniformado, con mi cara demacrada por el estrés y el cansancio.
Tres cucharadas de café, dos de azúcar, agua hirviendo hasta los ¾ y medio de la taza y luego un toque de leche, y tres tostadas con manteca eran mi desayuno todos los días, y ese día no fue diferente.
Tomé lo único personal que usaba cada día, un saco gris largo hasta las rodillas, y me dispuse a salir de mi pequeño mundo personal hacia las furiosas y selváticas calles de la sociedad metropolitana de Buenos Aires.
Caos de transito, siempre lo mismo, embotellamientos, choques, nunca cambia. Llegar al edificio donde trabajo era una proeza de todos los días. Siempre leía sobre los choques, pero nunca fui protagonista de uno, por suerte o desgracia.
Cerré la puerta del auto con un golpe seco pero no muy fuerte y puse el seguro, gire las llaves en mi dedo índice y las guarde en mi bolsillo derecho, como todas las mañanas.
Saludé a los recepcionistas y subí al piso que era mi prisión durante ocho largas horas intervenidas por 30 minutos para almorzar, ese era el momento en el que dejaba mi cubículo carcelario y comía un sándwich insípido del buffet.
Todos mis compañeros estaban esperando que llegase el jefe para saltar a sus pequeñas porciones de cárcel a fingir que trabajan para ganarse una miseria que apenas sirve para pagar todo lo que pagamos y comer medianamente bien todos los días del mes. Saludo con la mano y la vista fija en el piso a todos los que alzan las manos hipócritamente y expulsan de sus bocas falsas preguntas que son rutinarias en la charla humana. Todos me saludan como si fuera una celebridad menos Clara, una compañera que en toda la sinceridad del mundo le importo un bledo.
8 infinitas horas después de teclear una computadora lenta y obsoleta, haciendo lo mismo día tras día sin modificarlo ni un poco logro conseguir la absolución de mi condena, es decir puedo regresar a mi casa.
Toco el frió botón del ascensor que además de la computadora es la única cosa que me responde sin poner mala cara. Luego de unos minutos llega mi transporte prismático de metal. Sus puertas se abren con falsa hospitalidad y me deja ocupar su ínfimo espacio por lo que dura mi corto recorrido que va del piso ocho a la planta baja. Cuando las puertas se estaban por cerrar y mi viaje a casa apunto de abrirse, una mano trabo el mecanismo e hizo que se reabrieran las hipócritas y espejadas puertas de la maquina transportadora. Entro a mi subibaja cunicular nada más y nada menos que Clara, mi cruel aunque sincera compañera.
Tres pisos más abajo el ascensor se freno estrepitosamente y la única luz que nos alumbraba se apago.
Clara tardo unos segundos en acercarse a mí, luego tomo mi mano y la sujeto con fuerza entre las suyas con firmeza. La mire por sobre mi hombro, y no le di mucha importancia, el miedo hace que la gente haga cosas raras. Poso su cabeza sobre mi hombro y se quedo en esa posición. Sentía en mi brazo y a través de toda la ropa que tenía su temblor por el miedo. Se mantuvo en silencio un largo rato hasta que lo rompió diciendo entre dientes y casi en un susurro “Te amo”. Milagrosamente después de eso el ascensor hizo un fuerte ruido y reinicio su bajada.
Cuando salimos del ascensor estaba lloviendo torrencialmente. La acompañé a la puerta y como no tenía auto me ofrecí a llevarla a su casa.
Cuando llegamos a mi auto ella rompió una vez más el silencio con las mismas palabras y en el mismo tono y de la misma manera.
Una vez dentro de mi auto, y sin que le pregunto me explico el porque de su amor hacia mi, lo cual era la razón de que nunca me saludara.
La charla en el auto fue muy amena, tan amena que los 20 minutos de viaje parecieron 2.
Llegamos a su edificio, y me invito eufóricamente a que entrase a su casa. Acepté educadamente y seguí sus instrucciones para dejar el auto. Caminamos por el garaje hasta las escaleras para ascender a su piso, Clara no quería pisar más ningún ascensor en su vida. Era el 11 y estábamos en el segundo subsuelo. 10 minutos después y habiendo pisado el ultimo peldaño llegamos a la puerta de su piso. Me abrió la puerta y me invito a pasar con una autentica sonrisa de nervios y alegría.
Abrió una botella de vino y me cocino la comida más rica que jamás había comido. Después de cenar y con un café caliente entre las manos nos sentamos en su sillón a hablar de la vida. Lentamente ella se fue acercando a mí, y cuando estuvo a mi lado me miro a los ojos y estiro su cuello para poder posar sus suaves y calidos labios sobre los míos.
6:50 a.m. de la mañana, suena el despertador. Doy un brinco lo desconecto, corro a la cocina y pongo el agua para el desayuno. Lo preparo con delicadeza y prisa al mismo tiempo, lo preparo en una bandeja y la dejo de mi lado de la cama. Despierto a mi novia con un suave y calido beso en la mejilla y le presento su desayuno en la cama. Luego de desayunar juntos me bañé.
Llegue al trabajo, el clima estaba hermoso y el transito súper fluido. Dejé mi auto en la cochera del edificio y subí con ella por la escalera del mismo. La deje en el piso 7 y tome el ascensor. Llego a mi lugar de trabajo y saludo a todos mis compañeros menos a Clara, porque no debemos dejar que se note nuestro amor, en el trabajo no permiten relaciones entre compañeros.

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