Ignem Feram
Mientras el joven caminaba por las callejuelas vacías,
olvidadas por la civilización, las gotas de lluvia caían ametrallando el piso
con el dulce sonido que producen la infinita cantidad de lagrimas de cielo
cayendo y estrellándose contra el pavimento, humedeciéndolo y acumulándose
sobre el mismo, generando así charcos que sirven de cama para las gotas
venideras. El muchacho estaba solo, únicamente acompañado por su alma y los latidos de su corazón. A medida que avanzaba por el camino, con rumbo incierto,
y caminar pesado, podía verse como las gotas al rozar las partes de su cuerpo
que no estaban cubiertas por su vestimenta, se evaporaban al instante de
tocarlo, creando alrededor del caminante una especie de aura blanquecina que le
daba una apariencia espectral.
El silencio de la noche se vio interrumpido por una enorme
carcajada que dejó a quienes la escucharon helados. Segundos más tarde se pudo
oír una enorme explosión y las sirenas de bomberos y policía en su carrera contra el tiempo para
cercar la zona, salvar victimas y apagar
el incendio.
“Una persona, joven… de entre veinte y treinta años se paró frente al edificio y después de reírse como un loco, hizo que el edificio
estalle en llamas. Podría jurar que el fuego que desató el incendio salió de sus manos, pero eso es imposible”
afirmó un testigo a las cámaras de televisión y miro al cielo tratando de
encontrar dibujado en las nubes el secreto de la masacre de la noche anterior.
Mientras tanto, un joven llamado Milo se paseaba por las calles portando una
sonrisa de oreja a oreja. El muchacho caminaba por entre las personas que se
volteaban a ver su extraño atuendo: Un chaleco negro que le llegaba hasta los tobillos, abierto de manera tal que su torso desnudo quedaba descubierto.
Un pantalón negro y ajustado. Un par de botas negras y altas hasta las
rodillas. Y su cabeza la recubría una capucha negra, proveniente del chaleco,
que solo permitía ver la sonrisa del joven. Mientras la persona ataviada en
negro se paseaba por las calles la gente no podía evitar voltear su cabeza para
verlo pasar y preguntarse “¿Quién puede llevar tan poca ropa en invierno?”.
Después de transitar varias cuadras, el muchacho se detuvo
en seco, giro sobre sus talones e ingresó en un banco. “Señor descúbrase la
cara por favor” dijo el guardia de seguridad del banco mientras el muchacho
pasaba por su lado. “Dije que se descubra la cara. Si no lo hace voy a tener
que pedirle que se retire”. Mientras el guardia hablaba, el joven retrocedió
sobre sus pasos y se paro al lado del guardia de seguridad. “¿Qué fue lo que
dijiste? No pude escucharte por el quilombo que hay acá adentro” dijo el
muchacho mientras giraba lentamente su cuello en dirección al guardia. “Que,
que…” balbuceo el guardia “¿Qué?” grito el joven mientras tomaba al guardia por
el cuello. “Por si no se dieron cuenta ya, esto es un robo. Todos al piso,
los cajeros a poner plata en esta bolsa” dijo y lanzo un bolso en dirección a
los cajeros. “Vos mientras tanto… dale calor a la gente que tiene frió” dijo el
muchacho y miro al guardia mientras su cara comenzaba transpirar. Segundos más
tarde una llama se genero en la muñeca del muchacho y comenzó a avanzar en
dirección a quien sujetaba por el cuello, consumiendo por completo la mano del
joven y haciéndose paso por el cuello del hombre. “Acá tienen una estufa
natural” grito el maleante y lanzo el cuerpo en llamas del guardia de seguridad
que se estrello contra el suelo. El olor a carne cocida, a ropa quemada y a
pelo derretido era nauseabundo, muchos de los allí presentes comenzaron a
gritar en un estado de histeria generalizado. Otros tantos lloraban en silencio
mientras le rogaban al cielo que no fueran los próximos en estallar en llamas.
“¿Ya terminaron? Pero que lentos que son, ¡por dios!” exclamo el joven mientras
se acercaba a los cajeros y de mala gana tomaba el bolso repleto de billetes.
“Muchas gracias a todos. Fue un placer robarles hoy. Nos veremos” y al decir
esto, el joven, lanzó una bola de fuego al piso que estallo generando una nube
de humo que uso para escapar.
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